Cuentan que antes de tener nombre, hubo un niño que escuchaba el susurro de los helechos y conversaba con las quebradas. Nació entre niebla y piedra, en un lugar donde el viento conoce las historias y la tierra aún recuerda los pasos de quienes sembraron memoria.

A ese niño no lo criaron relojes ni mapas, sino el ritmo de la lluvia
sobre el techo de zinc y los ecos
que dejaban las palabras no dichas en casa. No hablaba mucho, pero dibujaba lo que soñaba: casas flotantes, retratos sin rostro, animales de barro que respiraban en silencio.

Con el tiempo, el niño entendió que su apellido era una brújula. “Valcárcel Montaño”, dijo un día en voz alta, como si al nombrarse por primera vez recordara de dónde venía. No eran solo apellidos: eran montañas vivas, eran piedras que resguardaban secretos, eran padres convertidos en territorio.

Así creció el artista, no en línea recta, sino en espiral. Aprendió a mirar lo invisible, a repetir gestos como quien teje un lenguaje, a capturar el tiempo con una cámara o con barro entre las manos. Su obra no grita: murmura. No ilumina: recuerda.

Hoy, cuando alguien pregunta de dónde viene su arte, él responde sin palabras, señalando hacia las montañas, hacia una infancia que aún respira entre helechos y nubes.

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